¿Hasta cuándo tiene que durar el duelo por los fallecidos?

¿Está bien que empiece el fútbol, los goles, la alegría del deporte con todo lo que ha ocurrido? ¿Tenemos que sentirnos culpables por intentar pasarlo bien después de 40.000 muertos?

En otras palabras:

¿Hasta cuándo tiene que durar el luto?

Esa misma pregunta se la hicieron en Nueva York después de los atentados del 11 de septiembre de 2001.  Y la respuesta no era clara antes de decidirlo.  Pero la respuesta la encontraron cuando nadie se la esperaba al final de la octava entrada de un partido de baseball.

El alcalde Giuliani había pedido a los neoyorkinos que volvieran a hacer las cosas que hacían antes. Y en algún momento tenía que volver la vida…  y en Nueva York se decidió que el deporte volviera solo diez días después de los atentados, el viernes 21 de septiembre de 2001.

Iba a ser un partido de baseball: Los New York Mets recibirían en el Shea Stadium a los Atlanta Braves.  Así que viajemos a aquella noche de viernes…

El estadio luce prácticamente lleno.  41.235 espectadores para 45 mil asientos.  Pero el ambiente no acompaña, está apagado, todos siguen en shock. Quizá con el sentimiento de culpa de intentar pasarlo bien después del atentado. 

Muchos bomberos y muchos policías de la ciudad están presentes invitados al partido.  Los jugadores locales no llevan las gorras de baseball habituales con sus colores: son las de la policía, los bomberos, la autoridad protuaria… No les quitarían esas gorras en toda la temporada.  También vemos a Carol Gies, que había perdido a su marido que era bombero hacía tan solo 10 días.  Está acompañada de sus hijos, emocionados, porque decidieron que como familia tenían que estar en el estadio.  

Se canta el himno, como siempre en estos eventos, pero quizá con mayor sentimiento que nunca.

Y empieza el partido.

El choque no está siendo nada del otro mundo.  Al final de la octava entrada, casi al final del partido, Atlanta gana una carrera a dos.  Toca batear a los Mets y con un colocado en la segunda base es el turno para Mike Piazza.

Un murmullo empieza a recorrer las gradas.  Quizá Piazza pueda lograrlo. Quizá.

En el montículo de lanzamiento Steve Karsay, neoyorquino, que había crecido a tan solo unos kilómetros de allí.

Primer lanzamiento.  Piazza batea… al aire.  Bola Uno.

El partido se acaba y los Mets pierden en Queens.

Karsey preparado en el montículo.  Mike Piazza con el bate.

Segundo lanzamiento.  Y entonces…  ocurre

PAC.  Golpe directo.  Todos miran la bola subir al cielo de Nueva York y descender... fuera del campo.  HOME RUN.

Nueva York despertó y celebró como nunca lo había hecho un bateo de los Mets.

Las gradas se llevaban las manos a la cabeza.  Los bomberos a los que se homenajeó al comienzo y que se habían quedado a ver el partido reían y vitoreaban la carrera de Piazza.

Los hijos de Carol se abrazaron a su madre y su foto salió en la portada de los periódicos.  Ella reconoció después que pensó que nunca volvería a ver sonreír a sus hijos.

Los Mets ganaron el partido y la cicatriz empezó a curarse. Muchos consideran a Piazza un héroe, aunque a él no le gusta.

De hecho, muchas voces han pedido que la camiseta con el número 31 que vistió aquel día se muestre en el Memorial y Museo del 11 de septiembre, junto a la Zona Zero, en Manhattan.

Nadie lo sabía antes del partido, llenos de dudas y de miedos. Pero la ciudad de Nueva York encontró la respuesta en el bateo de Mike Piazza. Y se convirtió en un símbolo de cómo una ciudad se levantó y volvió a la vida.

¿Hasta cuando tiene que durar el duelo? Por un atentado o por una pandemia, por el adiós de un amigo...  Yo solo tengo una respuesta que ya te he ido dando cada vez que te he contado una de estas historias.

El luto dura… hasta que alguien te demuestra que la vida puede ser maravillosa.

Este espacio se ha emitido antes de su publicación como podcast en el programa "A Diario" de Radio MARCA.