Ésta es la última historia, el último episodio de este podcast. Por el momento.

CUENTO DE NAVIDAD DESDE VALLECAS

Adaptación de “Cuento de Navidad de Auggie Wren” de Paul Auster

A estas alturas del año, hay una historia que todavía tengo que contarte.  La última historia. Porque sí, he decidido que después de casi dos años contándote historias a diario, esto tenía que acabar de alguna forma.

Pero no sabía con qué historia terminar y un buen amigo, Miguel, me sugirió que lo hiciera con una historia navideña. Y me pareció bien. Y le prometí que contaría una historia navideña relacionada con el deporte.

Pero enseguida me invadió el pánico.  ¿Qué sabía yo de historias navideñas? No es mi época favorita del año. Todas las historias que cuento aquí son reales, solo intento no estropearlas.  Pero inventarme una historia o encontrar una novedosa iba a ser una tarea difícil. Un reto.

Así que para afinar el tono, para zambullirme en el espíritu de la Navidad, releí a Dickens, vi algún episodio especial de Friends, incluso Solo en Casa y La Jungla de Cristal, la primera. La del edificio Nakatomi.

Pero las historias navideñas suelen estar llenas de sensiblería, son en su mayoría cuentos de hadas para adultos, y yo no quería despedirme contando algo así.  Pero cómo podía ponerme a narrar una historia navideña que no fuera sentimental. Era una contradicción de términos, un callejón sin salida.

Madrugué algún día y estuve buscando en los archivos del periódico, en otras navidades, en Google…. Y siempre aparecían las mismas historias.  Y yo quería contar algo distinto.

Así que salí a pasear por mi barrio.  Vivo en Madrid, en Vallecas en una zona de reciente construcción llamada con muy poca imaginación El Ensanche y sabía exactamente al lugar que tenía que ir.  Era una tarde lluviosa de sábado y bajo el paraguas y con un libro de Paul Auster bajo el brazo me encaminé hacia un lugar único: El bar Augusto

Es uno de los bares más curiosos que conozco, aunque no conozco muchos, la verdad.  Su dueño se llama Augusto y es un tipo fuertote, como diría mi padre para no llamarlo gordo, entre los cuarenta y muchos mal llevados o unos admirables sesenta y pocos. Con una nariz grande, pero redondeada, como erosionada por el tiempo, pelo corto, bigote blanco cuidado de pelo duro y la mirada perdida… hasta que te encuentra.

La primera vez que entré allí fue por casualidad.  Tenía el día libre y había llevado unos papeles a la oficina municipal del barrio.  Acabé antes de lo previsto y allí, en una calle perpendicular a Fuentidueña, en Congosto, estaba el bar Augusto.  Entré y enseguida descubrí que era un sitio especial.

La decoración del local se componía de dos motivos principales.  Cuadros de jugadores del Rayo Vallecano, en blanco y negro muchos, con algún póster del MARCA con la plantilla completa. Y una radio.  Sí, uno de esos llamados radiocasettes. Estaba al lado de la caja, y se tenía ya bastantes años pero se conservaba bien y tenía la antena completamente desplegada.  Era negro, pero con la pletina para introducir la cinta en color plata. Muy elegante. Y en él sonaba la música de los Beach Boys.

Sonaba y volvía a sonar.  La misma cinta en modo de reproducción continua.  Cuando acababa una cara, cambiaba la dirección de los cabezales y sonaba la otra cara.  Así durante la hora que estuve allí.

Cuando fui a pagar le dije a aquel hombre, que todavía no sabía que se llamaba Augusto, que a mí también me gustaba la música de los Beach Boys.  

“¿De quién?”, me respondió. 

 “De los que llevan sonando una hora”, le dije.  

“Ah, me gusta esa música.  Pero no sé cómo se llaman… bibois… bichisuá… Hehehe… Ni idea”.

Y por qué tiene la antena extendida.  ¿Escucha también la radio? Es que yo trabajo en la radio.

-“Usted trabaja en la radio. No me lo creo.  ¿En serio? Habérmelo dicho y le habría invitado a la tortilla. Cuénteme cómo es eso de trabajar en la radio”.

Como tenía tiempo, le conté brevemente mis aventuras laborales entre hertzios y decibelios. Dónde estudié, cómo empecé…. No es una historia muy entretenida, pero a él le pareció fascinante.  Y acabó diciéndome: “Nunca le he escuchado”. Y mi pequeño ego se desinfló como un globo vaciándose en una cómica pedorreta. Otra vez.

Augusto me dijo que era una larga historia,que tenía esa radio pero que no sabía muy bien cómo funcionaba y solo le daba al play y al stop y sonaba la única cinta que tenía. Le parecía una especie de milagro.  Le gustaba esa música pero no sabía si era un grupo, varios ni en qué año la cantaron: “Llevo toda la vida en el barrio y nunca había oído cantar a nadie así”.

Desde entonces no voy a decir que nos hiciéramos amigos, pero siempre que necesito concentrarme para escribir voy allí a sentarme en una mesa con un cenicero de Cinzano que ya nadie usa pero que conserva quemaduras del pasado y un servilletero metálico con palillero incluido. Y rodeado de una radio, de un radiocasette en el que solo suena la misma cinta de los Beach Boys. Es mi Starbucks vallecano particular.

De vez en cuando Augusto y yo nos contamos nuestros problemas.  Que si hay menos clientes, que si en la radio no me valoran… Lo típico. Y hace unos días, bajo la lluvia, con el paraguas y el libro de Paul Auster medio mojado, llegué al Bar Augusto y le dije la verdad: tengo que contar una historia navideña.

-¿Un cuento de Navidad?¿Solo es eso? Si te quedas al que cierre te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca.  Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.

Era ya tarde, así que no tuve que esperar demasiado.  Me senté en una mesa, al lado del cristal que daba a la calle y esperé a que se fueran marchando los pocos clientes que visitaban el bar a esas horas.  Afuera, las calles de Vallecas se fueron oscureciendo.

En cuanto cerró la caja, Augusto bajó la persiana metálica del bar con un ruido estrepitoso, y se acercó con una Coca Cola Light en la mano.  Se sentó en frente, me miró a los ojos y empezó a contarme su historia.

-Fue en el verano del 82, el del Mundial. Solo se hablaba de fútbol y de la libertad, de las drogas y de los terroristas… Creo que era finales de julio, acababa de abrir el bar y había unos chicos jugando a la pelota ahí.

Augusto señaló la acera al otro lado del cristal del bar.  Dos árboles robustos marcaban lo que seguro había sido una portería.

-No estoy muy orgulloso de mi temperamento de entonces, era joven para más cascarrabias que ahora.  Acababa de empezar con el bar. Me puse serio y desde la puerta grité a los niños. “A jugar a otra parte” e incluí algún taco. Eran niños, pero ya sabes, no como los de ahora. No.  Como los de Vallecas de entonces. Se la sabían todas, porque aquellos sí que eran tiempos difíciles.

-Uno de ellos, el que parecía el líder, el mayor, de unos 16 años, se me quedó mirando, retador. Yo le aguanté la mirada unos segundos, él se dio media vuelta y volví a entrar al bar.

-En ese momento, este cristal, estalló en mil pedazos.  Los cristales cayeron, parecían millones y un balón de fútbol rebotó entre las mesas.

Hijo de su madre.

-Cuando volví a la calle los niños ya habían desaparecido.  Al rubio, a lo lejos, vi que se daba la vuelta y me hacía una peineta. Y siguió corriendo.

Barrí los cristales, puse unos cartones hasta que viniera el cristalero y cuando terminé de limpiar todo aquel desastre, me di cuenta de que ahí estaba el balón.  Era uno de esos compuesto por pentágonos negros y hexágonos blancos. Estaba muy usado ya, pero en uno de esos hexágonos blancos, todavía se podía leer algo que alguien había escrito con rotulador: Este balón es de Javier García Andrade. Calle tal, piso tal, número tal… En ese momento podría haberlo denunciado o algo.  Pero no hice nada.

Tenía su nombre y su dirección, pero me dio pena.  No era más un pobre mocoso. Yo me había portado como un gilipollas, así que de alguna manera me estaba bien merecido.  El cristal lo pagó el seguro, así que simplemente fue una molestia durante unos días. Eso sí, me quedé con el balón. No para jugar.  Lo coloqué entre las botellas de DYC y Zoco en la balda de ahí. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérselo, pero lo posponía una y otra vez y nunca hice nada al respecto.

Y en estas llega la Navidad, la del 82, y me encuentro sin hacer nada.  Generalmente cenaba en casa de una novia que tenía en aquella época. Pero aquel año estábamos enfadados, no sé por qué.  Ya sabes, nunca te acuerdas.

Así que estoy con el bar abierto, sin clientes en toda la tarde y veo el balón. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez.  Así que me pongo el abrigo, cierro el bar y me voy devolver el balón personalmente.

La dirección estaba en Santa Eugenia, en las casas de protección oficial que entonces no se llamaban así.  Recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio.  Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies.  Una voz de vieja pregunta quién es y yo contesto que estoy buscando a Javier.

-¿Eres tú, Javi? -dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.  “Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.

-Sabía que vendrías, cariño-dice-. Sabía que no te olvidarías de la abuela Felisa en Navidad.

Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.

Yo no tenía mucho tiempo para pensar y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que estas palabras salían de mi boca.

-Está bien, abuela Felisa. He vuelto para verte el día de Navidad.

No me preguntes por qué lo hice.  No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé.  Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.

No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discurtir las reglas.  Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Javier. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.

Así que entramos en el apartamento y pasamos la Nochebuena juntos.  Aquello era un auténtico basurero, pero ¿qué se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa?  Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un bar, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos y ella hizo como que se los creía todos.

-Eso es estupendo, Javi -decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.

Al cabo de un rato empecé a tener hambre.  En el frigorífico encontré un pollo precocinado, sopa de sobre y un recipiente de ensalada de patatas, toda clase de cosas.  Felisa tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una cena de Navidad bastante decente.  Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas.  Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de aquella mujer, pero lo que hice luego fue una auténtica locura y nunca me he perdonado por ello.

Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete radios.  Transistores, de buenas marcas, completamente nuevos, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Y también varias cajas de cassette, de música.  Nuevas, con el plástico transparente todavía. Deduzco que eso es obra del verdadero Javier, un sitio donde almacenar un botín reciente. Yo no escuchaba la radio, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esos radiocasettes en el cuarto de baño, decido que uno tiene que ser para mí.  Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, cojo una de las cajas y una de las cintas, al azar, la de la portada más llamativa, y vuelvo al cuarto de estar.

No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese momento la abuela Felisa se había quedado dormida en su butaca.  Demasiado pacharán, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé.  No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, porque era ciega y todo eso, así que simplemente me fui.  Dejé el balón de fútbol de su nieto encima de la mesa, cogí la caja con las radio, metí la cinta en un bolsillo de mi abrigo y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.

-¿Volviste alguna vez?

-Una sola. Unos tres o cuatro meses después.  Me sentía tan mal por haber robado la radio que ni siquiera la había sacado de la caja, ni la cinta.  Finalmente tomé la decisión de devolverlo todo, pero la abuela Felisa ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.

-Probablemente había muerto.

-Puede ser.

-Lo que quiere decir que pasó su última Navidad contigo.

-Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo.

-Fue una buena obra, Augusto. Hiciste algo muy bonito por ella.

-La mentí y luego la robé.  No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.

-La hiciste feliz.  Y además esa radio y la cinta de los Beach Boys era material robado.  No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.

-Todo por el arte, ¿eh, Pablo?

-Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la radio.

-Al saber que ya no vivía allí.  Volví al bar, desembalé el aparato, no tenía ni idea de cómo funcionaba, solo hacía ruido, pero me las arreglé para meter esa cinta en la parte plateada, di a un botón y empezó a sonar. Y me pareció un milagro.

-En efecto, fue un milagro, amigo.

-Y ahora tú tienes un cuento de Navidad, ¿no?

-Sí. Supongo que sí.

Hice una pausa durante un momento, mirando a Augusto mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara.  Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia.  Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.

-Eres un as, Augusto.  Gracias por ayudarme.

-Siempre que quieras.  Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?

-Supongo que estoy en deuda contigo.

-No, simplemente cuéntala como yo te la he contado y no me deberás nada.

Nos levantamos, apagamos las luces del bar y salimos de allí, con una idea en la cabeza.  Entre la verdad y la mentira, y más en Navidad, la vida siempre puede ser maravillosa.

Este espacio se ha emitido antes de su publicación como podcast en el programa "A Diario" de Radio MARCA.